Luis Dinorín
Bajo el seudónimo de Víctor Guerrero, el cantautor que burló la censura de los setenta y conquistó festivales internacionales falleció hoy. Dejó una vida escrita entre el exilio, la clandestinidad y la búsqueda incansable de la armonía.
El hombre que está en la pantalla de la videollamada no parece un fugitivo, aunque lo fue durante décadas. Sus manos, antes ágiles sobre el mástil de una guitarra, hoy se mueven con la lentitud que impone la neuropatía diabética. Sin embargo, su voz mantiene el temple de quien ha vivido varias vidas en una sola.
Hoy, esa voz se ha apagado. Luis Enrique Cruz Barrios, conocido en el mundo de la trova como Víctor Guerrero, falleció este martes, dejando un vacío en la generación de músicos que, como él, entendieron la canción como un acto de resistencia y honestidad.
El nacimiento de un nombre
Nuestra última charla comenzó con una pregunta obligada: ¿Cómo se cuenta la historia de un hombre que empezó a escribir canciones en 1974 y tuvo que esconder quién era?
«Fue en los setenta», recordaba Víctor con la mirada perdida en el tiempo. «Los movimientos sociales estaban en su punto álgido. Yo pertenecía a un grupo «ilegal». Por razones de seguridad tuve que cambiar de nombre».
Así fue como el joven de Huixtla, Chiapas, se convirtió en Víctor Guerrero. El nombre fue un doble tributo: la admiración profunda por Víctor Jara y la imagen de un guerrero prehispánico que lo asaltó desde un calendario viejo. Desde entonces, Luis Enrique se volvió la sombra y Víctor, la canción.
Dieciséis años de exilio y «burras»
Su geografía fue tan errante como sus melodías. De Puebla a Guadalajara, pasando por la Ciudad de México, hasta que, el destino lo ancló en Venezuela por 16 años. Un país que amó, pero que también le mostró los dientes.
- La estafa: «Me quitaron mil dólares cuando el dólar valía 12.50 pesos. Siempre he sido confiado», confesaba sin amargura.
- La resistencia: tras vencerse su visa, se negó a la deportación voluntaria. «Era orgullo… y también no querer regresar con las manos vacías».
- La supervivencia: trabajó en radios y universidades, sorteando la falta de papeles con sobornos —«bajadas de la burra»— para que las autoridades no truncaran su música.
Pese a la precariedad migratoria, el talento de Guerrero se impuso. En 1989, Curazao se rindió ante él en el Festival Internacional de Trovadores. A su regreso definitivo a México en 2017, cobijado por amigos como Alberto Escobar (autor de “Coincidir”), Víctor ya era una leyenda discreta pero fundamental de la canción de autor.
Entre la cotidianidad y el misticismo
A diferencia de otros colegas, Guerrero no buscaba la inspiración en paraísos artificiales. Recordaba con una carcajada su encuentro con Gabino Palomares en Chiapas: «Le mostré una canción llamada “María Compañera” y me preguntó, entre risas, de cuál había fumado».
Para él, la magia estaba en los gestos mínimos, en la charla de café, en el chocolate amargo y el pozol que tanto le gustaban. Su formación en la UNAM le dio el rigor de El mundo de Sofía y la sensibilidad de Bécquer, pero su alma era la de un cocinero de pescados y mariscos que sabía que, en la cocina como en la vida, el secreto está en el punto exacto.
«Uno debe saber, en algún momento, qué quiere hacer con su vida. Lo mismo, un autor con sus canciones».
El último sueño
Hacia el final de la entrevista, Víctor confesó un anhelo que ya no verá cumplido en vida, pero que queda como legado para la posteridad: escuchar sus temas en las voces de Eugenia León o Guadalupe Pineda. Su tía, la mítica Amparo Montes, ya le había dado esa validación al grabarlo antes de morir en 2002.
Víctor Guerrero, o Luis Enrique Cruz Barrios, se despidió de este reportero con una certeza que hoy suena a epitafio: «Vivir en armonía con uno mismo y con la naturaleza sigue siendo, al final, la obra más importante».
Hoy, el guerrero ha dejado de luchar. Quedan sus canciones, esas que bajó de YouTube para registrar debidamente ante la SACM, esperando que el mundo, finalmente, les preste el oído que siempre merecieron.
Estas son algunas de sus melodías:














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