Luis Dinorín
La noche del pasado jueves, la colonia La Paz se convirtió en el puerto improvisado para un viaje de una década. Omar Márquez, cantautor veracruzano, atracó en el Foro Cultural Demiurgo —ese espacio que, en las mañanas, respira el aroma a Sierra Nororiental gracias a la alianza con Sierra Nuestra— como parte de su tour 2026, Capitán de una década.
El reloj marcaba las 21:10 horas cuando el concierto rompió el silencio. Llegamos tarde, lo admito, pero la voz de Omar ya navegaba sobre las notas de Todo lo que soy, estableciendo de inmediato una complicidad con el centenar de asistentes que colmaban el lugar.
Márquez no solo canta; disecciona emociones con la precisión de un cirujano. Entre referencias que saltan del regional mexicano al reggaetón, el cantautor se confiesa ante su audiencia. “No le marques”, advierte antes de desgranar Voy a renunciar a ti, un recordatorio de que, a veces, la única salida es saltar por la ventana.
La velada fue una montaña rusa de honestidad. Hubo momentos para el duelo, como cuando recordó a “sus muertos” con Tu luz, una pieza escrita junto a Juan Solo durante el confinamiento de 2019, hilada con la historia de su bisabuela centenaria. También hubo espacio para la gratitud hacia la resiliencia materna en Ella me cambió, una de las favoritas de su público. Entre risas, Omar agradeció a la vida —y a su TDAH— por haberlo convertido en cantautor y no en astronauta, manteniendo el ritmo mientras equilibraba la promoción de su merch con el saludo a los amigos presentes.
El repertorio fue una radiografía de su carrera. Sonaron ¿A qué le tienes miedo?, Ven ya —con el recuerdo grabado junto a Miguel Inzunza— y la infaltable La condena (coescrita con su amigo Juan Solo). Hubo espacio para el tributo: un verso de Abrázame muy fuerte de Juan Gabriel, y un guiño a su historia personal en Puebla: su paso por el Instituto Mexicano Madero, el enamoramiento adolescente y la complicidad musical con el poblano Carlos Carreira, de quien interpretó Ni en pintura.
Márquez, fiel a su estilo, cerró la noche con Serenata, El culpable y Se trata de sentir, cerca de las 12:05 de la madrugada. Pero antes de marcharse, dejó claro que su oficio es, ante todo, literatura aplicada a la música. Como prueba, regaló un par de décimas espinelas dedicadas a su gira, una estructura clásica para un capitán que, tras diez años, sigue aprendiendo de sus errores:
Diez años desde que salí
del barrio que me vio crecer,
a mi sueño le aposté
y sé que valiente fui.
el niño que vive en mí
siempre va a brincar el charco,
jamás se bajó del barco
y siempre será capitán.
Mi niño interior en guardia
no deja de creer en mí,
ecos de una década,
de cada error se aprende.
el miedo no me sorprende,
la música es mi espada,
de tonto no tengo nada
y nunca perdí la fe,
en las sombras me encontré
la luz que estaba buscando
sigo vivo y navegando
Capitán de una década.













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